ESPÍRITU DEL LUGAR




Producto de una alergia respiratoria, por lijar mis telas sin mascarilla, llevo días sin dormir. Cada ataque de tos evoca en mis pensamientos el siguiente fragmento del mismo sueño: “Era de día, sin embargo, el sol se veía borroso por la fuerte neblina que unía el cielo con el Bayou. Navegando en una canoa de madera a través del pantano todo parece apacible”.

 

En otros tiempos mis pinceladas desnudaron con tanta naturalidad metáforas del elemento Tierra. ¿Qué sucede ahora? ¿Por qué sólo escucho un grito de hojas muertas? ¿Por qué veo el sol borroso? ¿Cómo se llama el espíritu de este solitario lugar? ¡Como extraño el color de su voz! Esa carencia de esplendor, fijeza inamovible, debilita mis trazos en el lienzo, obstaculiza aquella fuerza emotiva que plasmó con tanto fervor una lluvia diminuta en la tierra. A la deriva e incierta, navego estancada en el pantano. Sospecho que las fuertes tormentas eléctricas, sucedidas esta semana, quizás guarden la señal que he estado esperando. Su sombra interrumpe el viejo orden, empujándolo como una siniestra nube que descompone la costumbre petrificada en mis telas. Los relámpagos que estallan invaden mi mano con una nueva historia, un color que no conozco.


He reflexionado mucho estos días. Trato de construir grandes fortalezas para no arriesgarme o exponerme con el tema que estoy desarrollando, pero lo único que experimento es frustración y mucha tensión. Durante semanas me he sumergido en un laberinto de referencias bibliográficas, esquemas, notas personales y autores tratando de moldear mi proyecto, titulado Viento y Erosión, Gestos de una Metáfora. No encuentro respuestas ni verdades ocultas sino un cautiverio epistemológico en esta rutina intelectual. Pareciera que la palabra escrita sólo ofrece acompañarme hasta el precipicio porque la caída es a solas. ¡Ay de mí! Cuanto más me esfuerzo por luchar entre la niebla, más vergüenza siento por desaprovechar el impulso creativo de la incertidumbre. Debo arriesgarme de una vez por todas hacia la blancura cegadora, casi mineral de la metáfora. Es indispensable emparentar mis telas con esa nueva historia.

 

Anoche presencié la tormenta movida por la misma dinámica que guía mis dedos al mezclar la tierra para pintar. Junto a las centellas, los latidos de mi corazón, despojados de lo superfluo, pulsaron infinitos tonos de grises, azules y púrpuras en el cielo. El  grave sonido de su ademán nombró mi nueva morada; el elemento Aire. La fusión del agua y la tierra en mi paisaje interior[1] necesitaban  otra forma de actuar para vencer tanta densidad, y el Aire en forma de ráfaga de viento violento prometió la luz del alba. Envuelta por el velo del cielo sembrado de luz, pensé que el viento, tal vez, era el pigmento usado por el Misterio para difuminar la tintura de lo humano en la Tierra. Ese misterioso movimiento viaja en el espacio abriendo la piel de la tierra para sembrar vestigios de lo cósmico. Tengo que elevar los pensamientos para aglutinar este sueño recurrente entre el cielo y la tierra. Necesito un grueso pincel para pintar la habitación desnuda de tanta oscuridad.

Sigo pensando en el sueño. Últimamente, los ocres minerales se vuelven más blancos en las mezclas y el agua los concentra en una suerte de envoltura, imperceptible aún. Me extravío, como pez fuera del agua, de mi elemento natural. El gesto de mezclar en la dirección del reloj se hace lento y confuso, lo ligero emigra pesado y lo de arriba se quema abajo. Un impostor se esconde en la palabra y su ruido no me permite descubrir la nueva sensibilidad que se anuncia desde la nada. Sé que el despertar es sólo perceptible dentro de la dificultad envuelta, pero tiene que existir una manera de sacudirla o perforarla. Tengo que colgar la camisa mojada de todo lo que he odiado, sepultar y olvidar para que el viento seque tantos tartamudeos.

 

Quién sabe. A lo mejor esos pudieran ser los grumos que dibuja, agitadamente la canoa que navego en mi sueño. Algo se esconde debajo de mis pies: “Navegando en una canoa de madera a través del pantano todo parece apacible. En el agua oscura mi embarcación dibuja gestos que distorsionan el prehistórico paisaje detenido en su enigmático reflejo”.

 

No encuentro mejor definición para el proyecto de investigación artística Viento y Erosión: Gestos de una Metáfora, que la continuidad de lo que he denominado paisaje interior, una metáfora visual en torno a lo inconsciente, a través de la cual expreso artísticamente toda la experiencia de la infancia ligada al descubrimiento de un lado misterioso de la Naturaleza.  Mi infancia estuvo poblada de lugares reales e imaginarios, que formaban parte de mi entorno cotidiano. Los pantanos, tornados y tormentas eléctricas, así como los cementerios y otros lugares misteriosos, constantemente me movían entre el temor y la fascinación. De alguna manera esos sitios contribuyeron a forjar mis primeras interrogantes en torno a los misterios de la existencia: el sentido de la vida, de la muerte, las fuerzas de la naturaleza, la idea de Dios y la trascendencia.

Estas experiencias de la infancia encontraron una correspondencia en la manera cómo los maestros de la pintura tradicional china concibieron sus creaciones, al partir del orden oculto en la Naturaleza. En sus paisajes expresan, visones como la del pintor Francois Cheng,  la serenidad interior de la filosofía taoísta que enfatiza el orden espiritual dentro de la Naturaleza.

“En China, la pintura de paisaje no es una pintura naturalista, donde el hombre se encuentre diluido o ausente; ni una pintura animista mediante la cual el hombre busque antropomorfizar las formas exteriores de un paisaje. No se conforma con ser un simple arte paisajista que fija algunas vistas hermosas que el hombre puede admirar con gusto. Cuando el hombre no esta figurativamente representado, no por ello se halla ausente; esta eminentemente presente en los rasgos de la naturaleza, que, vivida o soñada por el hombre no es más que la proyección de su propia naturaleza profunda, habitada por una visión interior” (Cheng,1985:103). 

Esta manera de entender la creación es la que ha guiado mi investigación en el arte. Recuerdo cuando presencié, por primera vez, las envolturas que despliegan los elementos. ¡Dios santo, cómo transforman el paisaje! De la mano de mi padre y muy niña bajó una luz reprochable. Mientras subimos las escaleras para entrar a casa, en fracción de segundos, un viento desmedido obstaculizó nuestro paso. El dedo índice de mi padre guió mi vista al cielo. No se oyeron más risas inocentes, conversaciones banales o música. El cielo sobre nosotros rugió como un gigante remolino, una conmoción sin precedentes, la capa original de mi proyección en el paisaje. Esta oportunidad única borró la cicatriz de la insensibilidad por un tornado que dibuja, desde entonces, metáforas humanas en el horizonte.  

 

Sigo extraviada en el nuevo elemento. El aire es denso y como en el sueño: todo transcurre muy lento. Pertenezco a la tierra pero ha llegado el día de despedirme de mi madre. El suelo ya no es un pigmento sino el Espíritu del Lugar que me escolta por la intangibilidad del aire. Su permeable piel cubre una existencia paralela donde la naturaleza entera se revela desde la diminuta partícula mineral de cada grano, hasta la composición de cada paisaje que se pierde en el Misterio. El azul gris plomo del cielo, el ocre del pantano, el verde brillante de los pinos y el suave marrón de las aguas anuncian un secreto que quiero averiguar. ¿Qué hay más allá del color? En el taller convoco la fuerza de todos los colores, con gruesos espasmos de negro oxido, pero sólo obtengo cenizas sin nombre. En la vigilia la barca del sueño cambia de piel. Muda su sangre ocre por un azul inmaterial, húmedo aún por la resurrección. Es preciso seguir moliendo finamente hasta obtener el polvo que se mezcla con agua, y luego con una sustancia adherente que no deteriore los poros del textil, que no debilite el color nuevo que luce el Espíritu del Lugar.


El taoísmo distingue la existencia de tres fuerzas presentes en la naturaleza: una positiva, otra negativa y una última conciliadora. De acuerdo con la actuación de estas potencias todo está en constante movimiento en el universo. De manera similar, visto desde una perspectiva taoísta, el proceso creador no obedece ni a un comienzo ni a un fin, sino que acontece rebasando nuestras limitadas nociones de tiempo y espacio. Generalmente no percibimos conscientemente el movimiento de estas fuerzas opuestas, captamos nuestra propia lucha por atrapar fragmentos que puedan dejar un testimonio de nuestro transito por la creación.  

De esta manera, el gesto en mi pintura, cuando realizo su trazo, no se apropia del espacio, sino que vuelve a él para buscar la armonía entre las fuerzas opuestas de la naturaleza, que me permitan, con humildad, decir otra vez la misma historia que nos cuenta el arte desde sus orígenes. Así reconocemos el dualismo del Ying y el Yang y aspiramos a la conciliación. Indudablemente, desde esta comprensión del Arte queda abolida toda creencia en la primacía ilusoria de cualquier sistema o propuesta artística  por encima de otro. El Arte, como el Tao, es “un río que fluye en todas las direcciones”( Lao Tse,1982:46). 

Las vigorosas representaciones animalísticas de las cuevas de Altamira o Lascaux, los dibujos en la arena de los aborígenes Navajo en EEUU, las líneas de Nazca y muchos otros ejemplos de diferentes culturas, parecen reflejar, antes que una preocupación por la forma, los esfuerzos del hombre por comprender las fuerzas que de manera inexorable movilizan la Naturaleza. 

Es mi interés proponer como trabajo en este proyecto el tema de los Elementos, y dentro de éstos, específicamente el Aire sí en sus metamorfosis del viento,  la tempestad o la neblina; porque está ligado a mis vivencias personales. Este tema nace de la necesidad de profundizar esa indagación como un intento por organizar artísticamente contenidos conscientes e inconscientes de mi propia experiencia. La intención es la de construir nuevas cartografías visuales que puedan dar testimonio expresivo de la realidad profunda de la naturaleza, así como del orden espiritual que la constituye. En el fondo, lo que me interesa es la búsqueda de esos contenidos esenciales para ponerlos de manifiesto en la imagen artística.

 

El  planteamiento Viento y Erosión: Gestos de una Metáfora  tiene como origen un sueño recurrente. A partir de él se construye una imagen poética del elemento Aire, que se vuelve a transformar en  metáfora en las telas que realizo. Sólo podemos ver y tocar el viento por la erosión que deja en la tierra o en las telas desgastadas que pinto porque “cada soplo de aire está animado. Es un girón de aire que ha venido de antaño; es un tejido aéreo que va a vestir un alma”. (Bachelard,1997: 284)

 

Sólo basta un instante del cielo para derribar lo que el viento con tanto esmero ha sembrado en la tierra. Anoche salí contrariada a evaluar los estragos que dejó la tormenta. Su inefable fuerza deformó el rostro reposado del paisaje. Cuanto cuesta conciliar la calma sin dolor. Estampadas mis impresiones en el suelo, aún mojado, ví dos árboles caídos con sus pies desnudos. Los observé detenidamente, y esbocé en voz alta la estrecha relación que guardan con los de mi sueño. Los cuerpos de esos gigantes verdes en la distancia  yacen como tótems abatidos por vientos remotos de todas las esquinas del mundo. Con más crecimiento en mi desarrollo, y más práctica en mis mezclas de gris plomo, sigo sin saber exactamente qué color tiene el viento. Comprendo que la luz externa se rige por unas leyes físicas ampliamente difundidas, pero presiento otra luminosidad que atraviesa lo relativo y que pulsa vientos poco precavidos al margen de la locura. Su grado de intimidad penetra cada célula de mi organismo y extiende un puente sobre el abismo, aquello que nos une pero distancia del cosmos. El espacio vacío entre las raíces de los altos abatidos aún lleva, con una luz inexplicable, la tormenta a cuesta. A ratos la acompaño, a ratos me ahoga, me desdibuja. Cada pieza calza en su lugar según la intensidad que soy capaz de soportar. El tema de los elementos me envuelve en un encuentro histórico. 


Aristóteles, en el siglo IV a.C., pensó en el hombre como un microcosmos del universo. Su materia estaba compuesta por los cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua en proporciones distintas. Posteriormente, la tradición alquímica europea sostuvo que dichas fuerzas se combinaban armónicamente en la naturaleza y que el hombre, para alcanzar la sabiduría espiritual, debía gobernarlas en su interior al transformar la materia impura con la participación de un quinto elemento conocido como el éter o prana, como señala la tradición oriental. El psiquiatra austriaco Carl Gustav Jung una vez confesó que de niño guardaba pequeñas piedras con gráficos dibujados por el mismo, que le significaron posteriormente, un vínculo con las fuerzas de la naturaleza.   

 

Con el tiempo la imaginación popular convirtió el tema de los elementos en motivación recurrente para la creación del arte y de la poesía. Existen incontables testimonios que, originándose en éste tema, derivaron  en creaciones artísticas. En el siglo XVI el flamenco Jan Breughel representó los elementos con las deidades griegas asociados a ellos.  En el siglo XIX, el movimiento romántico persiste en todo el poder misterioso de la Naturaleza. Otro ejemplo es el de los indios navajos de Norteamérica, quienes realizan dibujos sobre la arena para representar el poder sagrado de la Naturaleza. Todas estas experiencias destacan la importancia que el tema de los elementos ha ejercido, desde la Antigüedad hasta hoy, en la creación artística.

En la actualidad uno se pregunta si acaso estaremos viviendo una mutación terrible, una transformación casi en todos los órdenes de la vida que no sabemos a dónde nos llevará y, menos aún, si el Arte va a ser capaz de incidir en esa transformación. Las guerras están a la orden del día. La reacción terrorista actúa en las sombras de manera imprevisible: la tensión se hace global. Inmersos en la lucha por alcanzar un atisbo de paz, lejos del caos cibernético y la incertidumbre económica mundial, corresponde interrogarme: ¿Seré capaz, a través del arte, de consolidar una manera más respetuosa de relacionarme con el entorno? ¿Qué podría todavía decir el arte en el intento de proponer al menos una respuesta que consuele? Estas interrogantes son las que me llevan a explorar nuevas respuestas en el espacio del arte que entendemos propio. 

Hay una necesidad de evocar los primeros gestos hechos sobre un orden orgánico, no para imitar la naturaleza sino para contrarrestar la cada vez más abstracta producción de información, la presente enajenación de la realidad y la creciente amnesia respecto al pasado. Mi proceso creativo pareciera guardar estrechos vínculos conceptuales y formales con algunos artistas. Un ejemplo es el de la pintura taoísta china del siglo XV, que trabajó con estos temas para proyectar a través del gesto o la pincelada única la propia naturaleza humana. Según los pintores taoístas, “más que captar figuras limitadas e inmóviles, el pintor se propone captar los alientos que animan todas las cosas” (Ob.Cit,1985:89). En ese aliento, creo, animarme para mezclar ese color del viento capaz de recrear en los lienzos el Espíritu del Lugar.


Existe una aparente dualidad en las oscuras aguas de mi sueño. Su color verde oscuro encierra dos vertientes: la posibilidad de lo indeterminado, lo etéreo y lo ya determinado, la tierra.  Todos los colores que elaboro son una afligida imagen de esa agua apacible, muerta y llena de desilusión. Sin embargo, la lluvia de fuego, que llevan mis penas, asoma la opción de evaporar lo estancado. ¿Cómo eliminar lo inferior para evaporar el reflejo de uno mismo hacia las nubes? ¿Cómo familiarizarse con el trueno y el aire? El Espíritu del Lugar se refleja como espejo en el agua y su imagen no es mi rostro sino mi mano tocando la atmósfera. Esta visión se fija en el tejido microscópico de mis telas como un fragmento del sueño: “raíces invisiblemente sumergidas, la trama que teje la vida en este paisaje arcaico. Esta trama de la vida activan lo determinado, quizás algún día, lo oculto, eso a lo que nunca accederé pero intento reconocer a mi manera, tenga un color aproximado”. 

Desde tiempos muy remotos los elementos significaron para nuestros lejanos ancestros las fuerzas que dominaban al mundo. Su orden se encuentra presente en mitos, leyendas y en la simbología asociada a ellos. En la Prehistoria la tierra estaba relacionada con lo femenino por su capacidad de brindar alimentos, vestimenta y protección contra la intemperie. Las cuevas, y ciertas piedras talladas como deidades femeninas, fueron para el hombre un modo de vincularse física y espiritualmente con la fuerza de la naturaleza viva. Así como la tierra fue asociada con la Deidad protectora, dadora de la vida; así también el agua se vinculó a un Dios. Una de las metáforas más difundidas en la mitología se refiere al curso de la vida, concebida desde el nacimiento hasta la muerte a través de la imagen del cauce  de un río.

También el aire –de acuerdo con Juan Eduardo Cirlot- se asoció esencialmente con tres factores: “el hálito vital creador y, en consecuencia la palabra; al viento de la tempestad, ligado con muchas mitologías a la idea de la creación; finalmente, al espacio como ámbito de movimiento y de producción de procesos vitales” (Cirlot,1997:292). En la Antigüedad, Heráclito otorgó un sentido al fuego, adoptado más tarde por los alquimistas como “agente de transformación”, ya que todas las cosas nacen del fuego y regresan a él, cumpliendo así el sentido de transformación y regeneración simbolizado mitológicamente a través de la imagen del ave fénix.

 

La embarcación de mi sueño me inquieta. Es tan frágil y estrecha como mi rendimiento hoy en el taller. Al pintar los fondos de las telas azul gris, siento una suspensión turbulenta, una caída libre al vacío. En cada pincelada circular y pujante intento aglomerar la materia pictórica para besar la gravedad y tocar tierra. No temo el movimiento sino el estancamiento, tantos años sobre el mismo lugar sin ver más allá, lloran dentro de mí. Reconozco cierta debilidad en mis convicciones, pero juzgarme a mí misma sería arrancar este nuevo color antes de que nazca. El momento de transición entre el elemento Tierra y el Aire se materializa poco a poco. Me encuentro escribiendo estas palabras sin ser capaz de conceptualizar cómo duele, en lo más intimo de mí, este tránsito. Crecer duele pero debe doler aún más el alma oculta sin poder existir.

El tiempo es precioso y mi situación violenta, tajantemente volátil. Soy consciente de la huella del viento en mis manos. Cuando aún se es joven se sueña con amores imposibles o paisajes improbables como es mi caso. El horizonte se delimita sólo por el alma sin el tiempo del cuerpo. Sin embargo, el vivir mezcla un color simbólico, remplaza la intangibilidad y muele rojo ocre abriendo la piel, en una especie de trance donde el viento graba un paisaje interior. El grano mineral gruñe con la piedra un gesto ancestral, la huella que marca la memoria de algo acumulado. Quizás se trate de una erosión del espíritu sobre la materia, un vuelo iniciado. Consciente de esta realidad ya no me ocupa tanto preservar la lozanía de la piel, sino la armonía necesaria para abrirla sin miedo y sostener el vuelo con las limitaciones del cuerpo. Lijo arduamente las telas. Se develan más orificios que lo habitual y la composición final se nutre con aire fecundo, perforado y empapado de ayer. Como en el sueño hay un paisaje sin sol: “Violentos rayos en dirección Oeste rompen la calma. Las lianas (o barbas) que cuelgan de los árboles comienzan lentamente a moverse por el viento”.

Llenas del polvo lijado, las telas sacuden gestos que avanzan hacia una erosión de lo vivido y soñado.

 

Anoche dejé las ventanas abiertas para que las telas se secaran y esta mañana observé como el aire húmedo y borroso se burlaba de ellas. ¡Claro! Que ausencia de gesto oculta el maquillaje, aquellas lavadas de color gris plomo que apliqué hasta llegar al tono más blanco de mi negación. De este modo no puedo componer. Las aguadas de blanco de zinc tienen que materializar el tono grisáceo, hacerlo leve, presente pero no evidente. Es necesario que la tela no pierda su gracia, su pedazo de aire y su instancia en el viento. Es preciso que retenga su frescura, ligereza transparente como las hojas que se mojan después de la lluvia y luego se secan lentamente con el sol. Con una esponja lavé algunos gestos en marrón ocre para resaltar las texturas de capas anteriores. Más que el espacio marcado me cautiva el espacio que queda ausente de marca bien sea porque queda perforado por la lija o por una ausencia de gesto.

Intento dejar claro que esta propuesta no intenta construir un sistema cerrado de recopilación de una selección de hechos, interpretaciones o imágenes oníricas. Mi intención plástica se define en una estructura compositiva que crea espacios donde dialogan el fondo y a veces el gesto con un contenido más sutil que se manifiesta en los paisajes interiores. El Aire, o el viento, como elemento, se manifiesta en el soporte pictórico con su lleno-vacío, concentrado-diluido, línea-volumen, ritmo-tacto,  manchas controladas o desatadas, abruptas-suaves y su forma concreta y forma onírica como tantos vínculos entre nuestra pequeñez y los movimientos del universo.


Es fundamental para su realización formal la elaboración de algunos pigmentos minerales, el desgaste físico de las telas por la intemperie al igual que la mezcla de dichos soportes con técnicas afines. Con el uso de fibras vegetales, pigmentos minerales, textiles desgastados pretendo un tratamiento del espacio plástico que lo dote de nuevas significaciones.  Estas nuevas significaciones existen como una realidad propia detrás de la imagen concluida, como si estuviesen ocultas entre las diversas capas de suelo o pared  de una excavación arqueológica.

Sólo un acto de fe guía el tránsito entre lo pequeño y lo insondable. Tengo días sin fuerzas para trabajar en el taller. He calculado cien fallidos intentos de aterrizaje pero no logro retomar el hilo del discurso. A lo mejor estoy agobiada y mi carga oscurece el ambiente porque el deseo sin devoción es un crédito impagable y decrépito. El ruido no deja escuchar la tenue voz de la dirección correcta. Camino largas horas por las montañas para alejarme del veneno que surge de tantas palabras y formalismos. Lloro sin consuelo. Derramo un torrencial porque traiciono mi voluntad con sombras viejas. Me siento en la tierra con una aguda melancolía y como si alguien me levantará renovada, entiendo que el Misterio obra en la Naturaleza desde la partícula más minúscula sus obras más monumentales. ¿Entonces? ¿Quién soy para abarcar poco con tantas palabras? Más que los pies fuertes y la cabeza erguida es preciso fortalecer mi voluntad y no mi guardarropa de conocimiento y técnicas pictóricas. Ya es muy tarde, el rastro de sudor se lo lleva el viento, no soy, auque finja serlo, presa de mi técnica; prisionera de la oscuridad.

Veo un árbol en la distancia. En un acto de imaginación prestado del sueño, mis telas se cuelgan en sus ramas de la misma manera que las lianas perdonan indefinidamente la inclemencia del viento. El ciclo de vida de ambos es un pausado devenir natural y orgánico. Tengo que asumir la acción pictórica desde la respiración del árbol, vivir desde su tejido, pintar y crecer. La brisa fresca refresca mi frente. Por ahora, el veneno se petrifica y esta nueva visión fluye acorde con la libertad intangible del aire, desahoga emociones estancadas y amarradas por los viejos apegos que no quieren ceder. Retener tanta energía durante tanto tiempo sin dejarla circular enferma las telas.


Mientras más premedito actuar menos avanzo, en cambio, cuando me detengo actúo, sin notarlo, el esfuerzo es pleno y la marca más honda. Una marca que se puede tocar pero jamás se puede medir lo que se lleva. Recuerdo a Bachelard cuando dice que el viento absorbe las cosas. Los elementos son puentes entre la materia y el espíritu sino se estancan en pozos de mentiras. “Cuando el fuego se va, va al viento. Cuando el sol se va, va al viento. Cuando la luna se va, va al viento. Así el viento absorbe todas las cosas… Cuando el hombre duerme, su voz se va en el hálito, lo mismo que su vista, su oído, su pensamiento. Así el hálito lo absorbe todo”(Bachelard,1997:292). Mis estallidos de frustración no pueden seguir destruyendo lo recorrido. Es necesario renovar lo repetido, quemarlo, transformarlo para que el viento lo absorba.

 

La tierra guarda el secreto de la vida. Su ciclo natural es como un gesto entre la materia y la antimateria. Un puño de tierra encierra la historia de la humanidad y un fragmento ínfimo del universo. Tocarla me genera una fuerza tácita, un arraigo primario. Quizás por ello, lo que hago poco tenga que ver con un paisaje convencional, una incursión en el paisaje, más bien, en vez de una representación pictórica. El gesto que menciono, poco se refiere a la apariencia de las cosas que uno ve o toca. Hay otra realidad en el paisaje interior. Una especie de impresión en relieve que suma numerosas pieles superpuestas, pieles que gritan vida en el espacio. La técnica del grabado presiona el papel sobre zonas salientes y entintadas sobre madera, linóleo o metal logrando una realidad que no trasciende lo bidimensional. Pero en mis telas, la presión se ocasiona por la lijadora eléctrica que hiere el soporte contra una piedra para develar las capas, mostrar lo que la sombra esconde. Este desprendimiento agitado transforma lo denso en ligero, lo matérico en metafísico. La tela acabada es indivisa, es decir no es por si sola individual sino dual si existe fuera de su contexto. Se me ocurre que la respuesta a este dilema sea viable, menos amenazante y ciertamente algo tangible si uno considera el significado profundo que tiene la palabra individuo. La palabra significa indiviso. En una ocasión David Bohm, el físico danés, afirmó que,

 

“somos dividuos. La individualidad solamente es posible si es un despliegue de la totalidad. El ego se centra en la auto imagen y ésta es una ilusión, un engaño y, por lo tanto no existe. En la verdadera individualidad, un ser aparece como despliegue de la totalidad en su forma particular en un momento preciso”(Weber,2004:55).

 

Tampoco soy indiferente a la melancolía agobiada a la que hace mención Bachelard en las páginas del El Aire y los Sueños, específicamente, cuando se refiere a las fases psicológicas del viento. “El viento se excita y se desanima. Grita y se queja. Pasa de la violencia a la angustia. El carácter mismo de los soplos entrecortados e inútiles puede dar una imagen de una melancolía ansiosa muy diferente de la melancolía agobiada”(Ob.Cit,1997:284). Retomando el carácter indiviso de las telas, no existen, entonces, soplos entrecortados e inútiles sino el agobio propio de canalizar a través de la pintura una integración con la naturaleza, una desnudez sin censura.


Sembrar en la tierra, pintar con ella y en ella son recuerdos del cielo. Sólo puedo recordar metafóricamente desde la materialidad de mi lenguaje pictórico. Tiene que haber una manera de sobrepasar lo fragmentario para unir lo viejo con lo nuevo. ¡No puedo desertar lo recorrido! Creo que me esperan dos tareas principales al volver al taller. Por un lado debo aliviar la fragmentación en los pensamientos y por otro debo desprenderme de todo para dejar que el viento erosione la censura. Para sembrar una semilla, el problema no es sitio, la tierra o el cielo sino sembrarse, primero, uno mismo. No sé porque escucho un eco que me asegura: ¡Ay, si supieras que eso es lo más difícil!

 

Ayer intenté trabajar todo el día en el taller. Al final de la tarde, agotada por las largas horas sin interrupción, tuve un pequeño accidente con la maquina lijadora. Confundí tres dedos de mi mano izquierda con la tela. El repentino cambio de color en el soporte me paralizó. Resumí la jornada pensando que cada aspecto del aire se mueve, y “cada soplo de aire esta animado, es un jirón de aire que ha vivido antaño, es un tejido aéreo que va a vestir un alma”(Ob. Cit,1997:284). La herida me recordó que todo es perecedero. Pensé por unos instantes, mientras me senté para descansar, que esa nueva necesidad de perforar tan violentamente la tela era semejante  al esfuerzo que emplean los mineros para perforar el suelo, sólo que yo no encuentro riquezas minerales; busco una nueva luz, quizás, un pedacito que pueda sembrar en el cielo.




No quiero romper ese tejido aéreo del cual habla Bachelard. La idea no es controlar el tiempo sino estar en él de otra manera. Seguí hasta el atardecer reflexionando sobre lo sucedido, busqué  un punto de apoyo y Perdí la vista en el horizonte. Mi cuerpo no pesaba, mis pies no apoyaron, no lo sentí porque me pareció que me sostuvo el aire. Me pregunte: ¿Estoy loca? ¿A dónde voy? Hay momentos en la vida en que la sombra aumenta el volumen de las cosas y como creció esa sombra por la llegada de las estrellas. De esa manera, el silencio se trago mi falta de aire y paciencia. Oí, como no me ocurre siempre, la naturaleza con su elocuente lenguaje. Me dijo: como no se pude figurar lo insondable no te desfigures en el viento.

 


Entre el proceso creativo y la asociación metafórica que hago de los contenidos del inconsciente, existe una relación dialéctica. Si bien algunas impresiones oníricas son el punto de partida, su uso no implica que dichas impresiones originales no se alteren o modifiquen. Lo fundamental es que sean asimiladas por las necesidades prácticas que requiera el proceso plástico. El intelecto no planifica sino que ejecuta lo que ya esta planificado por la acción de la pintura.

En el caso de las impresiones oníricas provenientes del inconsciente, lo único que pareciera permanecer fiel al proceso de interacción con la vigilia y la conciencia son las fuertes emociones que se asocian a fenómenos climáticos como tempestades y el sonido del viento. Durante el proceso de creación busco situar dichos estados emotivos, oscuros e intraducibles del relato onírico, en un contexto externo, la tela; donde cobra nuevas significaciones.


Noto, con la evolución de esta fase del trabajo, que mi actividad creativa no trabaja con un estado prefijado, sino que asume la posibilidad de construir un espacio compositivo de múltiples latitudes, donde se hace una especie de llamado mudo al inconsciente por la vía de la imaginación. En cierta forma el recorrido busca ver, escuchar y sentir qué acontece del otro lado del paisaje y comienza con: “hacer nacer el viento de un sueño de la Tierra. Cuando los deseos del porvenir o los pesares del recuerdo despiertan en cualquier parte de ese cráneo gigantesco, el Globo, el viento se levanta”. (Ob. Cit,1997:284). Pues, desde el sueño nace el gesto en la pintura y se despierta en forma de metáfora. Sólo junto a ella puedo respirar.

 

Todas las pinturas, como es ampliamente conocido, tienen tres componentes: las partículas que conforman el pigmento, el medio en que se mezclan y, por último, el disolvente que une el color con el soporte escogido. En las telas que pinto el agua (disolvente) une las veladuras de blancos más allá del espacio físico del marco. La intemperie sigue disolviendo, por un espacio de tiempo determinado, el color. Por ello, el espesor agrietado del acabado final es un elemento prescindible de la composición y no una herida del tiempo apresurada por efectos técnicos.

 

La línea es más un tono que una dirección evidente, es ascendente y curva, simula el viento con sombreados. El tono abre el espacio escogiendo la tridimensionalidad de la forma. Pero más allá de su valor en la apreciación convencional de la pintura los valores tonales representan una furia, un movimiento desenfrenado que según Bachelard, moldea lo invisible en materia. La capacidad de ver el color o los efectos de la luz sobre las formas en términos de su valor tonal, son más que un oficio de la pintura. Significan develar las envolturas siniestras de la sombra. El claroscuro es mi drama en el aire que se consume en  movimiento sin arraigo; sólo desplazamiento etéreo sin cuerpo. “Con el aire violento podemos captar la furia, elemental; la que es todo movimiento y nada más que movimiento”(Ob.Cit,1997:278). Sin embargo, hay que insistir en fijar ese movimiento. En el horizonte se presenta un camino viable: simplificar el tono en tres valores tonales del gris-azul, blanco y el marrón ocre para transmitir ese sentimiento de inquietud.

 


Vestida por el habitual traje del insomnio he decido contemplar las estrellas en un intento por dejar que su movimiento ilumine cada célula de mi ser sin dejar que intervenga la cabeza. La tierra se ha vuelto tan dura, tan pesada, es necesario seguir excavándola para dejar salir la luz. Esa luz que no se somete a nuestras leyes de sombra sobre la materia, que permanece silenciosa en el encuentro de la tierra con el sol. Sufro sin unir dos pensamientos a la vez y desperdicio mis horas de vuelo con mucho ruido. Tengo una sentencia inapelable, una cadena perpetúa de fantasmas que me frenan y sabotean cualquier intento por averiguar dónde nace el viento. A veces creo que el sufrimiento es mayor que mis fuerzas. Me desgarra la flaqueza y me caigo con voces que no avecinan una tormenta real. Escucho: “la tempestad con el alma en tensión, es, a la vez o por turnos comulgar, en el Horror y la Cólera, con un universo desenfrenado” (Ob.Cit,1997:283). No puedo vencer esta locura, cambiar su sentido ni ignorar su llamado. Pintar sin fe es como si, por un instante, el color niegue su madre, la luz.


Fragmento del texto Viento y Erosión: Gestos de una Metáfora, 2006.


Definen las telas que realizo como un particular momento plástico ligado a la recuperación y expresión de la experiencia onírica; un reflejo, una metáfora de un paisaje interior. 

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