GESTOS.

 

Gestos, texturas, el color y la presencia palpable de la tierra, y el desgaste de lo material evocan en la obra de Jocelyn Lugo lo que muy bien insinúa el título de la serie ¨ Viento y Erosión¨.

Al igual que el viento, el tiempo transcurrido deja huella y cicatrices. Huella de lo que fue y ya no está de manera tangible, pero que intuimos como secreto susurrado unas veces, mientras que otras se hace grito desgarrador y doloroso, cobrando la evocadora forma de marca indeleble que, como las arrugas de la piel de un anciano, indican además del paso del tiempo el pesar y el dolor que irremediablemente sentimos cuando entendemos que hoy somos apenas el despojo de lo que una vez fuimos.


Pero a diferencia de la horrible proyección del temor propio a la vejez, la obra de Jocelyn Lugo transpira paz. Una paz que sólo puede sentirse cuando se está frente a la Naturaleza, incluso cuando ésta se hace despiadada, y en lugar de ofrecer cobijo, se convierte en monstruo devorador que resopla vientos huracanados o estremece la tierra bajo nuestros pies, causando destrozos.

Y esto se explica porque a la Naturaleza estamos acostumbrados a verla más por sus bondades que por sus eventuales ataques de ira. Ira que casi siempre interpretamos como reclamo al mal uso o mal trato que le damos a los múltiples regalos que esta nos hace en la forma de bellos paisajes, explosiones multicolores de la flora y de la fauna o formaciones perfectas de rocas y cristales. Ira que algunos entienden también como castigo divino y casi siempre merecido.

 

Pero esa no es la belleza que encontramos en la obra de Jocelyn Lugo. La Belleza reside allí en las armonías de tonos cálidos que casi huelen a tierra. En los trazos gruesos y espontáneos que nos recuerdan la voluntad humana que se impone y quiere establecer su presencia. En los trozos de la tela deshecha que al mostrar su esencia se nos antoja honestos y directos, como pocas veces los humanos nos atrevemos a ser.

Las texturas en el lienzo, evocadoras de las múltiples capas del tiempo, se manifiestan además de por las evidencias de la materia allí presente, por el degaste de la tela que ha sido trabajada incansablemente por la artista.

 

Cada cuadro es pintado y sometido a la acción de la intemperie, para luego ser intervenido con una maquina lijadora que va descubriendo estratos de pintura que convencionalmente permanecerían allí ocultos y las fibra primaria que sabemos que está allí, como parte germinal de la tela, pero que nunca vemos en su estado más primitivo.

Ese proceso de evidente creación y aparente destrucción, repetido docenas de veces, va permitiendo que cada pieza sea construida a fuerza de tanto hacer y deshacer.

Al igual que la naturaleza, Jocelyn crea una obra que luego agrede, aparentemente, a través de una intervención abrasiva y enérgica.

Y son esas capas de pintura y de materia mineral y orgánica, aplicadas y puestas a secar para luego ser lijadas testigos silentes de un proceso que se repite ad infinitum, hasta que la artista, agotada físicamente, siente la obra como terminada.

 

El resultado: una pieza poética llena de resonancias, que cada espectador asociará a las propias de la manera que mejor pueda, pero que evocará siempre la presencia unívoca de un poder divino conectado con la creación, remitiéndonos a un posible crecimiento y desgaste, que sentiremos como parte de nuestra evolución y como marca inexorable del tiempo que nos conduce hacia la conclusión de un tránsito, cuyo fin todos conocemos y, a menudo, tememos.

 

Rodolfo Graziano C.

Arista visual, fotografo y cineasta

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